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Posts Tagged ‘Manuel del Busto’

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Gracias a David Alonso Quilez, os dejo el enlace a un vídeo muy curioso que alguien ha hecho con un dron, donde se aprecia la limpieza de la parcela y la presencia de máquinas y contenedores. También tiene imágenes del interior y algunas con fotografías de las que nunca estaría de más mencionar la procedencia. Por lo demás, es un vídeo estupendo para apreciar el volumen y la espectacularidad de la casa:

https://www.youtube.com/watch?v=dJjmuDuwTwg&t=63s

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Me envía Alejandro Braña (por intercesión de Rakel y porque se lo pedí) el reportaje de Maruja Torres que apareció en el suplemento de El País en 1984. No es un escaneado, sino unas fotos que Alejandro hizo directamente sobre las páginas, por lo que la calidad no es muy allá. He recortado las fotos relacionadas directamente con Villa Excélsior y Esther, y he extraído el texto para que se pueda leer con comodidad. También os cuelgo el reportaje entero al final. Si alguien encuentra el suplemento que por favor lo escaneé y me lo envíe para poder sustituir las fotos para que se vean mejor.
A Alejandro: no sé cómo darte más las gracias. Un abrazo.
A Rakel: lo de siempre. Un beso fuerte.

…Y hay casas tremendamente alicaídas, como Villa Excélsior, en Barcellina, Luarca, en donde alguien vive aún, como un vaho aliento del ayer perdido. Ester Méndez de Andés, que tiene 83 (¿) años y un rostro de facciones finas en el que destacan sus ojos todavía adolescentes, está sola en la casa familiar. Viste una bata de boatiné a la que el mucho uso ha sacado bolitas peludas y calza zapatillas de paño azul a modo de chancletas. En su cuello se mueve un insecto torpón, sin duda procedente del jardín en el que ha estado trabajando con unas tijeras de podar. El inmenso jardín de Villa Excélsior fue ejemplar en su tiempo –“obra de Múgica”, dice ella, con orgullo-, pero ahora es una selva desencadenada en donde las palmeras, algunas traídas del Sáhara, otras de América, conviven con los sicomoros, sequoias, magnolios y un mar de hiedras y desordenados matojos. Hay hasta un cedro del Líbano, porque el padre de doña Ester, don Manuel, quiso que su palacio asturiano tuviera de todo y por lo grande.

 Su arquitecto fue el cubano Manuel del Busto, y los muebles de encargaron especialmente a la mejor casa de Londres.
Doña Ester convive ahora con los restos de la magnificencia, retratos de sus antepasados, divanes chesterfield  que muestran los fuelles bajo las cerraduras, y el retrato de un caballo, Asturiano, que perteneció a la cuadra de su padre y ganó el Gran Premio de Buenos Aires. La mesa de billar –inexcusable en cualquier mansión indiana que se preciara- está cubierta por un gran sudario, y desde alguna parte de la casa llega el goteo de una cisterna rota. Doña Ester nos advierte que no abramos las ventanas para las fotos, “porque los postigos y las persianas no funcionan, se nos quedarían en las manos”. Así, con luz eléctrica en pleno mediodía, doña Ester pasa vivaz revista a una existencia en la que hubo fiestas suntuosas, dinero y pasión: fábricas de cigarrillos –precisamente, Excélsior– en Argentina, donde ella nació; puesta de largo en el casino de Luarca; matrimonio con un apuesto juez; viudez prematura al estrellarse la avioneta en que él viajaba, y un lento envejecer sin hijos en el que hasta pasó por la bomba de la cafetería California de Madrid, salvándose por los pelos tras permanecer unos días en coma.

A veces se siente sola, pese a los recuerdos, en este enorme palacio acastillado digno de Jane Eyre o Rebeca, en el que únicamente funcionan, más mal que bien, algunas habitaciones. Y tiene frio en invierno. Sin embargo, doña Ester se arregla todas las tardes primorosamente, y los vecinos la ven hacer a pie el buen kilómetro que la separa del casino, en donde una vez bailara el vals, y que ahora le proporciona unas horas de distracción jugando al bingo. De cuando en cuando va a Madrid, en lo que ella llama mi casa, un hostal de la calle de la Libertad (*) cerca del cual, una noche, un tipo de le acercó ofreciéndole heroína. Nada escandalizada, superviviente, doña Ester le sonrió con sus ojos cándidos y le dijo: “Pues mire, yo no uso, no tengo dinero, pero le deseo mucha suerte en su negocio” (**). Los cinco hermanos de la señora no quieren que la casa salga en los periódicos, por miedo a Hacienda, y ella insiste en que quede constancia de que Villa Excélsior es una pura ruina, al tiempo que nos despide dulcemente, todavía con las tijeras de podar en la mano y el insecto torpón en el cuello…

 Notas mías:

(*) Por lo que a mí me contó Esther, cuando venía a Madrid, se alojaba en casa de una sobrina, no en un hostal de la calle Libertad, aunque quién sabe.
(**) Esta historia y, sobre todo, el comentario de Esther, resultan difíciles de creer. A mí me contó una historia muy parecida pero que ocurría en el jardín de villa Excélsior donde, en los duros tiempos de su sobrino Fernando, algún yonqui la asaltó en el jardín con un cuchillo y ella dijo algo así como: “Mátame si quieres, no tengo nada”. Pero otra vez… quién sabe.
– Si os fijáis, la famosa ventana ya estaba abierta en 1984, y parece que Esther tendía la ropa por ahí… Ya sabemos qué fantasma se la dejó abierta.
– La puntuación del artículo NO es cosa mía…
– ¿Qué puedo decir de la primera foto, en la que aparece Esther?
– Las horribles casitas de la última página me han dejado tarumba: mis recuerdos se mezclan y estas coincidencias, que debería ignorar, a veces me sobrepasan. 

             

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